La fe en la carrera periodística

LA FE EN LA CARRERA PERIODÍSTICA

John McCandlish Phillips

Discurso pronunciado en el banquete de clausura del semestre de verano/otoño del Instituto Mundial de Periodismo en Asheville, Carolina del Norte, el 17 de agosto de 2001.

Hace décadas, un reportero superficial fue enviado a inspeccionar y evaluar la imposición del marxismo soviético en Rusia y su pueblo. Cuando regresó, sin duda ansioso por causar gran revuelo con su reporte, introdujo su primer artículo con estas palabras: «He visto el futuro, y funciona».

Él no solo era un mal reportero, sino también un falso profeta. Sin embargo, en esta noche en que contemplo sus rostros jóvenes, voy a adaptar aquella declaración para decir: «Veo el futuro, y va a ser mejor que el pasado».

Lo digo porque recuerdo claramente una época cuando se necesitaban unos cuatro años de oración, acercamiento, publicación de artículos, de hablar en universidades cristianas, alentar y guiar a muchos para lograr ver que un solo joven creyente entrara a los medios de comunicación (no que esa fuera la situación general en el país, sino lo que experimenté y conocí a nivel personal). No pueden imaginar lo que significa para mí ver aquí esta noche a veintidós creyentes, en su mayoría jóvenes.

Algunos de ustedes trabajarán en periódicos y otros medios de comunicación, pues el Dios que abre puertas que nadie puede cerrar los guiará paso a paso, según su voluntad (Apocalipsis 3:7 y 8). Hoy no es solo un banquete para el paladar y el estómago, sino también un deleite para mis ojos.

Algunos de ustedes trabajarán en periódicos y otros medios de comunicación, pues el Dios que abre puertas que nadie puede cerrar los guiará paso a paso, según su voluntad.

Analicemos el papel fundamental de la fe pura y sincera en la experiencia de un creyente cuando ingresa a los medios de comunicación. Las Escrituras afirman con claridad: «El justo vivirá por la fe». Observe que no dice que vivirán con fe ni que vivirán en la fe. Hay una diferencia, y es crucial para determinar el resultado final de la vida de un creyente.

Muchos cristianos viven en la fe; es decir, en la fe salvadora en el Señor Jesucristo, y viven con la fe, pero no viven por la fe. Tienen fe, pero la fe en sí misma no es el modo exclusivo y principal con el que operan para guiar su vida diaria a lo largo de los años. Vivir en la fe o con fe es un estado que proviene de la salvación recibida, y aunque influye positivamente en el comportamiento, no actúa como el motor central, constante y poderoso de la acción que impulsa el progreso y que forja la vida.

Quienes se entregan con valentía a vivir por la fe pueden ser guiados a conquistas más costosas y, en última instancia, más importantes que las de aquellos para quienes la fe es la atmósfera predominante de su vida, pero no su fuerza motriz. Recuerden que sin batallas no hay conquistas; ningún territorio se arrebata de las manos a un enemigo que está dispuesto a entregarlo.

Quienes se entregan con valentía a vivir por la fe pueden ser guiados a conquistas más costosas y, en última instancia, más importantes que las de aquellos para quienes la fe es la atmósfera predominante de su vida, pero no su fuerza motriz.

Dos acontecimientos distintos han sido fundamentales en la formación de mi vida. El primero ocurrió cuando tenía 22 años en una antigua iglesia bautista de piedra en un suburbio de Boston. Un amigo me había invitado allí.

Al final de un sermón cuyas palabras no me afectaron en lo absoluto, el pastor me sorprendió. Después de pedir a todos que inclinaran la cabeza y cerraran los ojos, se dirigió a mí de forma directa y muy personal. Ya no se dirigía a todos. Parecía hablarme directamente a mí. Me dijo que la Biblia afirmaba que, ante los ojos de Dios, yo era un pecador. Yo no tenía ningún problema con eso, porque sabía que era verdad. Luego dijo que Dios había enviado a Jesucristo para cargar con el juicio por mis pecados, de modo que Dios pudiera perdonarme libremente. Después de decir algo más, pidió que los que comprendían que eso era verdad levantaran la mano para indicar su disposición a recibir a Cristo y su salvación.

Cuando levanté la mano, algo trascendental ocurrió en mi interior. En ese preciso instante fui transformado. Había nacido de nuevo, de forma repentina y profunda, y esa experiencia regeneradora definió de ahí en adelante mi destino eterno y mi carácter moral. Me convertí en hijo de Dios, con el poder de vivir como nunca antes había vivido hasta ese momento. Después de cincuenta y un años, todo sigue siendo tan maravilloso como aquel comienzo.

Fíjense en las dos cosas que obtuve gracias a esta experiencia de salvación: Mi destino eterno y mi carácter moral. Lo que no quedó definido por esa experiencia fue el rumbo que tomaría mi vida, pues eso se revelaría en otro mensaje y en otra iglesia casi dos años después.

Me convertí en hijo de Dios, con el poder de vivir como nunca antes había vivido hasta ese momento.

Apenas seis semanas después de haber aceptado a Cristo, el ejército de los Estados Unidos me reclutó para servir por dos años en la guerra de Corea. Me llevaron lejos de mi casa y de la iglesia donde había recibido la salvación.

Los dos años siguientes fueron tan tranquilos, apacibles y felices como se puedan imaginar. Nunca me encontré a un metro más cerca de la guerra que en Baltimore, Maryland, donde presté mi servicio en un puesto tan espacioso, arbolado y hermoso como un club campestre.

Es un misterio que me reclutaran para una guerra y nunca me enviaran cerca de la batalla, aunque creo que el Señor pudo haberme guardado porque tenía otros planes para mí que yo desconocía entonces.

Durante esos dos años, mi vida fue un camino de rosas, nubes acolchadas, sol radiante, felicidad inocente y, sobre todo, libre de problemas. Atribuí todo eso a mi salvación y llegué a la falsa conclusión de que esa era la esencia misma de la vida en Cristo, y que siempre sería así.

Semanas antes de que terminaran mis dos años de servicio activo, asistí a una reunión vespertina en la imponente iglesia presbiteriana Arlington en Baltimore, donde un laico predicó un mensaje. Era miembro de los gedeones, la organización que se encarga de distribuir Biblias en miles de habitaciones en hoteles, moteles y hospitales.

Aunque no recuerdo ni una palabra de lo que dijo en su mensaje, sí recuerdo cada palabra que pronunció en su invitación después del mensaje, que una vez más, fue directo y muy personal.

Empezó diciendo: «Esta noche me dirijo a los jóvenes». Yo tenía unos 23 años, así que se dirigía a mí.

Luego dijo: «¿Están dispuestos a ir a cualquier parte del mundo y a hacer todo lo que Jesucristo les encomiende, sin importar lo que sea ni donde sea, sin restricciones? Si es así, pónganse de pie».

Jamás había escuchado algo parecido, y el predicador no logró sacarme nada. Yo no me inmuté, ni siquiera pestañeé, pero no pude ni quise sacudirme sus palabras. Se clavaron en mi alma como una flecha y permanecieron allí día tras día hasta que al final actué conforme a ellas.

Una mañana me levanté y me vestí antes de que sonara la campana. Salí solo, bajo las estrellas que titilaban en el cielo azul plateado antes del amanecer, y entré en la pequeña capilla. Allí le dije un rotundo «sí» al Señor a la pregunta que aquel hombre me había lanzado. Estaba dispuesto a ir a cualquier parte y a hacer cualquier cosa que Dios me encomendara; lo que fuera, donde fuera. A partir de ese momento, mi vida le pertenecía para que Él la usara como mejor le pareciera.

Salvo contadas excepciones (como Jonás y el gran pez que lo llevó a su destino), Dios no impone ni aplica su soberanía sobre el rumbo de la vida del creyente, sino que busca un intercambio o traspaso voluntario de esa soberanía, de nuestro yo a Él mismo.

Cuando se produce ese intercambio, la soberanía de Dios ya no encuentra en nosotros más resistencia o argumento. La voluntad de Dios se cumple sin obstáculos porque no queda en nosotros nada que la detenga.

Habiendo tomado esa decisión con absoluta sinceridad, yo sabía con absoluta y total certeza lo que me esperaba, excepto que estaba absoluta y totalmente equivocado al respecto.

Yo sabía que iba a convertirme en predicador del evangelio o más seguramente en misionero en el extranjero, y que eso requería un proceso de años de preparación que incluía estudios en un seminario bíblico.

Sin embargo, el proceso que definió el rumbo de mi vida tomó en realidad pocos días, no varios años, y no tuvo absolutamente nada que ver con un seminario bíblico, con la predicación desde un púlpito ni con misiones en el extranjero.

Tuvo que ver con mi entrada en los medios masivos de comunicación en la ciudad de Nueva York como creyente en la Biblia y joven nacido de nuevo.

Nada de eso me fue revelado de antemano, sino que ocurrió de forma repentina y totalmente sorprendente, y apenas si entendí algo, aparte de saber que el Señor guiaba todo.

Tuvo que ver con mi entrada en los medios masivos de comunicación en la ciudad de Nueva York como creyente en la Biblia y joven nacido de nuevo.

El ejército estadounidense me licenció del servicio activo alrededor de las 5 de la tarde de un miércoles a principios de noviembre de 1952. Mi casa y mi trabajo estaban cerca de Boston, así que hice lo lógico: fui a la estación de tren y compré un boleto de regreso a Boston.

Si bien todos allí me esperaban, no planeaban ir a verme. Desde ese día hasta hoy, he pasado un total de tres días en Boston y 49 años en la ciudad de Nueva York.

Justo cuando aquel tren llegaba lentamente a la estación Pennsylvania en Nueva York, el Señor me dijo claramente que debía bajarme del tren.

Eso no tenía ningún sentido. Todo lo que yo necesitaba estaba en Boston, incluso una casa de once habitaciones con solo dos ocupantes. Mi boleto decía «Boston». Pero el Señor me dijo: «Bájate del tren». Como no entendía, simplemente obedecí.

No tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando ni de lo que estaba a punto de suceder. Encontré una habitación de hotel barata en Herald Square para pasar la noche.

Cuando desperté a la mañana siguiente, no tenía ni idea de que, en tan solo cuatro horas, el rumbo y el quehacer de mi vida durante las próximas décadas quedarían completamente marcados y definidos.

El plan del Señor para este creyente avanzaba rápidamente. Me arrodillé en oración y me fue revelado que debía actuar de una manera específica. Debía ir a las oficinas centrales del New York Times, cerca de Times Square, y conseguir un trabajo allí.

Como sabía que era el Señor, me llené de una fe invencible en que así sería, que me contratarían y conseguiría un trabajo allí, a pesar de que nunca había asistido un solo día a la universidad y nunca había tenido un solo día de experiencia en un periódico de circulación diaria.

De hecho, los dos hombres del departamento de noticias que intentaban, en vano, no contratarme, me preguntaron de qué universidad me había graduado. Tuve que decirles que de ninguna.

Recuerdo hasta el día de hoy exactamente lo que les respondí:

«Señores, considero que la esencia de la educación reside en iluminar la mente mediante la introducción de ideas. Es cierto que no soy licenciado universitario, pero sé leer y escribir bien, y me muevo en el mundo de las ideas».

Ese breve discurso hizo que me vieran con buenos ojos, aunque me advirtieron que, al no tener residencia en la ciudad, no podría vivir con el salario semanal de 27,50 dólares que se pagaba entonces a los repartidores de periódicos del turno de la noche.

«Yo me encargo de eso», les dije. Acto seguido, uno de ellos dio la orden al encargado de personal para que me contratara y me indicó que me presentara en la sala de redacción principal de The Times el lunes siguiente a las 6:30 p.m. para comenzar a trabajar.

Desde entonces, he dicho a menudo, con gélida precisión, que salí del ejército y entré en la guerra.

Mi vida estaba a punto de cambiar drásticamente. Yo ni lo sabía ni lo esperaba, porque no estaba preparado en absoluto para lo que estaba a punto de experimentar.

Debí estarlo, pero no fue así.

Durante los dos años que estuve en el ejército, asistí a la iglesia al menos dos veces por semana, y a menudo tres, a pesar de que el lugar estaba al otro lado de Baltimore y suponía un viaje en autobús de una hora de ida y otra de vuelta.

En ese período de dos años, no recuerdo que se dijera una sola palabra acerca de la realidad de la guerra espiritual. En tres ocasiones, escuché en la iglesia una breve referencia a un ser maligno llamado Satanás, pero dos de esas referencias habían sido en tono de broma.

El conflicto en el que me estaba metiendo en los medios de comunicación, sin que yo tuviera conocimiento previo del mismo, surgió alrededor de las 4 de la tarde del mismo día en que debía presentarme a mi primer turno en el periódico a las 6:30.

De forma repentina, me dio una gripe terrible: fiebre alta, temblores y una debilidad tan grande que no podía ni ponerme en pie y tenía que tumbarme, sudando, en la estrecha cama de mi pequeña habitación alquilada. Yo era un joven muy enfermo.

Ahí estaba, próximo a presentarme en el lugar que el Señor me había indicado, pero físicamente inconsciente, sin fuerzas para ponerme en pie.

Alrededor de las cinco, se me ocurrió que no era buena idea llamar y avisar que estaba enfermo antes de mi primer turno. Hacerlo podía acarrear consecuencias negativas, incluso la pérdida del trabajo.

De alguna manera, me invadió la fe. Por difícil que pareciera, tenía que levantarme y llegar a tiempo a la sección de noticias. Solo podía hacerlo agarrándome a lo que encontraba por el camino: a las paredes, a las papeleras, a las farolas, a las barandillas, a cualquier cosa que me sirviera de apoyo.

Aunque logré llegar al trabajo, no veía cómo iba a ser capaz de hacerlo. Cualquier pequeño esfuerzo me pasaba factura físicamente.

No me desmayé ni me caí, pero casi desfallezco hasta pasadas las 10 de la noche, cuando noté que me sentía un poco mejor.

Muy pronto, todos los síntomas de ese virus desaparecieron de mi cuerpo, y al final del turno, a la 1:30 de la madrugada, me sentía normal y bien.

Solo mucho más tarde, cuando se hizo evidente en retrospectiva todo un patrón de resistencia vehemente a mi presencia en las operaciones informativas del periódico, comprendí que ese ataque viral tenía más que un origen y un propósito naturales; también eran sobrenaturales.

Lo que buscaban era impedirme acceder a lo que el Señor tenía preparado para mí. Si me hubiera sometido a los síntomas en lugar de actuar por pura fe, quizás habría quedado descalificado sin haber empezado siquiera.

Solo mucho más tarde comprendí que ese ataque viral tenía más que un origen y un propósito naturales; también eran sobrenaturales.

La segunda fase de la guerra, para la que no estaba preparado, consistió en una serie de fuertes presiones para expulsarme del periódico y sacarme de la ciudad. Aunque yo sentía la presión, desconocía su origen y procedencia. Simplemente sentía los ataques repetidos.

Una tarde de domingo, tenía la radio encendida y escuché a un orador inspirado pronunciar el llamado más elocuente, apasionado y conmovedor posible a la labor misionera en el extranjero. Tan pronto terminó, me levanté de mi silla de un salto, alcé las manos al cielo y dije: «¡Señor, déjame ir!».

Jamás había recibido una respuesta tan rápida y clara a mi oración. Para mi sorpresa, llegó en forma de reproche.

Las dos primeras palabras fueron una orden: «Quédate quieto». Luego, algo breve: «Estás donde estás porque yo te puse ahí. Tengo un plan».

Eso fue todo. Para aquellos que viven por pura fe, habrá momentos en la vida cuando sea indispensable una comunicación directa del Señor con su conciencia interior.

En ese momento yo no tenía idea de por qué estaba en el periódico. Lo veía como una especie de situación transitoria extraña que iba a resolverse tan pronto encontrara la manera de salir de allí e ingresara en el seminario bíblico.

Yo necesité esas breves palabras no solo respecto a la cuestión de ir o no al campo misionero. El hecho es que yo ya estaba en un campo misionero; no Zambia o Eritrea, sino un lugar árido, necesitado y ávido de salvación llamado los medios de comunicación.

Necesité esas palabras como confirmación de que el Señor había elegido The New York Times para mí. Tenerlas presentes me permitió soportar todos los embates y ataques posteriores a los que fui sometido, y no huir en busca de paz a un lugar más tranquilo, silencioso y mucho más agradable, como Vermont.

El joven que yo era aprendió sobre la guerra espiritual enfrentando el ambiente secular hostil de ese gran departamento noticioso. Sin embargo, lo aprendí de manera lenta, dura y dolorosa.

Me tomó muchísimos años comprender realmente lo que sucedía, hasta que por fin identifiqué la fuente y la intención de aquello que se me oponía con tal vehemencia, y pude afrontar ambas con determinación.

Me sentía a menudo como un boxeador debilitado contra las cuerdas, recibiendo repetidos puños de mi adversario, solo que él, o aquello, o lo que fuera, no podía verlo, sino solo sentirlo.

Yo ya estaba en un campo misionero; no Zambia o Eritrea, sino un lugar árido, necesitado y ávido de salvación llamado los medios de comunicación.

El propósito de ese primer ataque (el brote de gripe del primer día) en la guerra contra mi presencia en el periódico era marginarme. El de la siguiente serie de ataques era expulsarme. Cuando me mantuve firme por la fe y sin ceder, la táctica cambió de rumbo.

Comenzaron a llegarme ofertas de los periódicos de Hearst, dos veces de la revista Time y dos veces del excelente New York Herald Tribune para contratarme y sacarme de mi puesto en el Times, con un sueldo mucho mejor que el que me pagaban como chico de los recados local que tenía un buen desempeño como escritor y reportero.

Si no podían estorbarme ni expulsarme, tal vez podrían atraerme con mejores ofertas. De hecho, una de ellas era tan buena que casi no puedo rechazarla.

El Herald Tribune me propuso que nunca me asignaría reportajes. Solo querían que recorriera el país libremente en busca de historias, una semanal, para publicarlas en su edición dominical.

Sería una especie de diario permanente de la vida estadounidense escrito por McCandlish Phillips, la clase de trabajo que puede convertirse en un libro cada dos años.

Ese es el trabajo soñado para un reportero y redactor de artículos, y aunque lo anhelaba, se lo encomendé al Señor y comprendí que no debía ir por el dinero ni por el encargo.

Años después, me enviaron al Herald Tribune la tarde en que cerró definitivamente. Estuve allí cubriendo la noticia de su triste desaparición.

Un reportero del Tribune, al verme, dijo con media sonrisa: «Eres un buitre».

Así presencié el derrumbe del periódico que había hecho todo lo posible por alejarme de The Times. Todos en el Herald Tribune se quedaron sin trabajo ese mismo día.

Hay un descubrimiento que debo contarles. Después de dar vueltas por la sección de noticias llevando a cabo las pequeñas tareas de un ayudante de redacción durante unos dieciséis meses, me di cuenta de que en esa gran, ajetreada y ruidosa sección de noticias solo había una persona convertida que creía en la Biblia como la Palabra de Dios. Una sola, de 275 personas, en su mayoría hombres, que trabajaban allí.

Uno solo—y era yo. Y no era nadie ahí. Nadie me había prometido un futuro más allá de lo que hacía.

A pesar de que era un solo individuo nacido de nuevo, era más de lo que las potestades invisibles en ese ambiente estaban dispuestas a tolerar en la redacción del periódico más influyente del país.

Mi obediencia al Señor abrió una brecha en una realidad donde los creyentes habían estado ausentes por mucho tiempo, y me convertí en parte de algo que se combatía con virulencia, porque mi presencia en ese lugar trajo mucho después a media docena de creyentes que también trabajaron allí activamente.

Como precursor de ese pequeño grupo de fe, me convertí en blanco de una fuerte resistencia inicial.

Al cabo de dos años y medio en puestos inferiores como ayudante de redacción y auxiliar de periódicos, me ascendieron a reportero, y mi ascenso fue meteórico hasta convertirme en una figura destacada. Al final de mi primer año como reportero, los editores expresaron claramente a todo el departamento de noticias que yo era su nueva estrella.

Eso me sorprendió muchísimo, porque parecía más un logro suyo que algo que yo hubiera ganado. Aunque hubo razones importantes para ello, solo me enteré de ellas años después.

Sin embargo, por ser considerado una estrella y gracias a la ayuda continua del Señor en mi trabajo, pude mantener sus altas expectativas durante las siguientes casi dos décadas.

Aunque en la redacción me veían como quien buscaba y disfrutaba una brillante carrera, para mí nunca fue una carrera. Siempre fue, y solo fue, una vocación. Como no era mía, sino del Señor, podía abandonarla cuando llegara el momento.

Algo que no dejaba de desconcertarme era que en el periódico yo experimentaba dos realidades simultáneas completamente contradictorias.

En lo profesional, contaba con el pleno favor de los editores, que me valoraban mucho y me lo hacían saber con frecuencia. Me asignaban trabajos selectos, a menudo con espacio destacado.

Mi rápido ascenso en el periódico debió ser el tipo de trabajo soñado, emocionante y profundamente gratificante.

Pero esa era nada más la mitad de la historia. En el plano espiritual, esa sala de redacción era un pantano casi constante para mí. Había algo allí que me resultaba profundamente ajeno, o yo a ella.

Debido a que esa dificultad no era de origen humano (yo era respetado y querido casi por todos en ese lugar), solo puede entenderse a la luz de la verdad de que cuando el Señor nos pone en una situación para ocupar un lugar para Él:

«No tenemos lucha contra sangre y carne» (es decir, contra otros seres humanos) «sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo» (Efesios 6:12).

No era lo que se veía lo que tanto me afectaba, sino lo que era completamente invisible, si bien era extrañamente poderoso.

Unos once años y medio después (la mitad de mi tiempo en el periódico), yo ya había identificado, afrontado directamente y superado todo eso. Por fin pude disfrutar plenamente lo que el Señor había hecho de manera formidable.

Lo que no conocían y ni siquiera sospechaban los editores que me tenían en tan alta estima, era que la calidad de mi desempeño se debía ante todo a mi confianza absoluta en que el Señor me daba ventajas en la carrera periodística, donde los plazos de entrega nocturnos son absolutamente inflexibles.

Si estás en la carrera periodística como creyente en Jesús y confías en él, no estás por cuenta propia, no estás solo, sino que tienes al Señor Jesús contigo y a Dios el Creador y, créeme, amigo, ellos saben dónde está todo.

Cuando salía a cubrir noticias con un grupo de reporteros de otros periódicos, con frecuencia la información que obtenía para mi reportaje sobre el evento era más completa, más profunda o más objetiva que la de otros que cubrían exactamente la misma noticia en el mismo lugar, a la misma hora y con las mismas personas presentes.

Al respecto, la conclusión era que Phillips simplemente era mejor reportero y que de alguna manera lograba indagar mejor acerca de un suceso que los demás. Sin embargo, yo sabía bien que no era mi habilidad lo que me daba tantas veces ventaja sobre los demás, sino mi fe en Dios.

Mientras realizaba casi cada tarea que me asignaban, oraba en silencio pidiéndole al Señor que me ayudara, me guiara, me ayudara a profundizar, me diera todo el contenido necesario para entregar un informe de primera categoría.

Yo sabía bien que no era mi habilidad lo que me daba tantas veces ventaja sobre los demás, sino mi fe en Dios.

Así, cuando me encontraba en algún suceso concurrido que generaba gran revuelo, justo a mi lado aparecía una persona que tenía el conocimiento pertinente acerca de lo sucedido, y a la vez diferente del de muchos otros presentes.

Yo no elegía a esa persona que estaba a mi lado, salvo de la manera más casual, pero resultaba ser una fuente clave para mi historia.

¡Qué genio era yo, ¿eh?! ¡Vaya que sí sabía con quién ponerme al lado!

No, Dios lo sabía, y sabía cómo revelarme esa oportunidad para que yo aventajara a los demás. Era un regalo del cielo, algo que siempre recibí de forma gratuita.

No estuve solo en la carrera periodística, así como el joven David de Israel no se enfrentó solo a Goliat. Lo que David logró venciendo a Goliat fue enteramente por la fe, y Dios fue quien le concedió el resultado deseado y definitivo.

¿Qué dijo David mismo? Dijo: «Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros». No hago esas cosas por mí mismo. Las hago gracias a su poder especial.

Aunque asignar un porcentaje a esto es obviamente arbitrario, mi estimación más precisa es que de todas las cosas por las que recibí tanto crédito como reportero, la parte que corresponde a Dios en el resultado fue cerca del 85 por ciento, mientras que la mía alrededor del 15 por ciento.

Eso no es humildad. Es la realidad.

Es una realidad que les invito a que experimenten por sí mismos en su trabajo en los medios de comunicación. Simplemente decidan que, si bien harán su mejor esfuerzo y buscarán con iniciativa y vehemencia cumplir con los reportajes que les asignan, pondrán de forma deliberada y consciente su fe en su Señor Jesús para lograr el resultado final.

Les aseguro que Él les ayudará cada vez si confían en Él.

Él les dará ventajas que no podrían obtener por ningún otro medio, y les permitirá hacerse a una reputación que no podrían ganarse sin su ayuda.

Para quienes confían en Él, Jesús es un amigo más fiel que un hermano.

El Señor lo promete en las Escrituras al creyente fiel: «Yo honraré a los que me honran». Cuando honramos al Señor, Él también nos concede que recibamos honra.

Y consideren esto: «Ninguno de los que confían en Él será avergonzado».

Cuando vivimos por la fe en toda su dimensión, a veces nos vemos envueltos en situaciones que nos superan con creces, como sin duda me ocurrió cuando obedecí al Señor ocupando el lugar que Él eligió para mí en la ciudad de Nueva York.

Verán que si Dios no actúa, si está dormido, no van a lograrlo; pero si Él es como promete ser, Él les ayudará y ustedes saborearán la victoria espiritual.

Y no tendrán duda alguna acerca de Quién les dio esa victoria.

La realidad es que, si a veces no nos involucramos en situaciones extremas, al punto que nuestra dependencia del Señor sea real y absoluta, una cuestión de todo o nada, no vivimos por la fe.

Si todo lo que tienen y lo que son, su inteligencia, energía, astucia y perspicacia, sus talentos especiales, adaptabilidad, rapidez y ambición, son la única fuente y la razón de los resultados que obtienen, entonces ustedes son la respuesta completa a lo que hacen, y no necesitan a Dios, salvo de una manera general y vaga.

En cambio, si enfrentan situaciones sin salida que resultan imposibles de superar, sortear, atravesar o evitar, situaciones que definitivamente los obligan a buscar la intervención directa del Señor (operaciones de lo alto), entonces pedirán que Dios obre sobre sus asuntos con efectos palpables, como solo sucede a quienes viven plenamente por la fe y necesitan que Dios responda y participe.

Serán el agente humano de una colaboración dinámica y viva entre un ser con recursos limitados y necesidades constantes (a veces sumamente urgentes), y un Dios con recursos infinitos y dispuesto a ayudarles en su servicio en los medios seculares.

«Humíllense bajo la poderosa mano de Dios», nos aconseja la Escritura. Esa la parte que les corresponde. Dispónganse a ir dondequiera que Dios desee y a hacer lo que sea que Él les encargue hacer, aun si los supera. Permítanle ser soberano sobre su futuro. Puede que los lleve mucho más alto de lo que esperan.

Ahora la parte que corresponde a Dios: «Humíllense bajo la poderosa mano de Dios, y Él lo exaltará a su debido tiempo». Es una acción divina: Él los exaltará cuando sepa que es el momento.

Entre los presentes en esta sala hay algunos que, dentro de doce, dieciocho o veintidós años, se habrán labrado una sólida reputación en la carrera noticiosa, ejercerán una influencia real y ocuparán puestos de autoridad que definen la información como editores.

Algunos podrían llegar a ser columnistas, críticos o presentadores de noticias. Ganarán premios por su trabajo que realzarán su reputación.

Permítanle ser soberano sobre su futuro. Puede que los lleve mucho más alto de lo que esperan.

Si pudiera grabar de forma indeleble diez palabras en su memoria, provendrían de la mejor definición de fe que jamás haya visto, aparte de las Escrituras.

La Nueva Versión Internacional traduce bellamente Hebreos capítulo 11, versículo uno: «Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve».

Si recuerdan las siguientes diez palabras, les serán de gran ayuda en momentos clave de su experiencia laboral en los medios de comunicación. Estas son:

«La fe es un acto voluntario de confianza en Dios».

La fe toma la decisión de confiar plenamente en Dios, sin importar las apariencias ni cuán contrario a la fe sea el mensaje que se nos grita.

Cuando reciben un encargo que realmente los excede, pero que tienen que asumir, y se sienten diminutos bajo una fría montaña rocosa que los desafía, pueden amilanarse, estremecerse y ceder al pánico, o pueden rechazar esos sentimientos, sencillamente encomendarlo al Señor y decirle que confían en que Él los ayudará a superarlo sin problemas.

Hagan de la fe en el Señor la estrategia principal para afrontar cada asunto, y verán esa otra Mano que nadie más puede ver, trabajando juntamente contigo. Y si su experiencia es similar a la mía, la parte que les corresponde será mucho menos que la mitad.

Cubrir noticias con plazos de entrega diarios (no todas, aunque muchas, son de última hora) es un trabajo exigente y frenético donde el tiempo ejerce una gran presión. Las fuentes pueden ser difíciles de encontrar o reacias. Hay que superar obstáculos con rapidez y producir lo que exigen el periódico o medio de comunicación. Es imposible fingir. Hay que cumplir con lo prometido.

Así se convierte en una prueba de fuego de la fe. En los reportajes generales que me asignaban y que ocuparon la mayor parte de mis años como reportero, se hacía algo diferente casi diariamente. No tienes idea de qué se trata hasta el momento en que te lo asignan. Puede ser casi cualquier cosa, desde el reportaje más encantador hasta el enfrentamiento violento más desgarrador. Sea lo que sea, te lo asignan de repente. En dos ocasiones, mi vida estuvo en peligro.

En toda esa variedad de tareas, sin importar cuán difícil fuera, sin importar cuán tarde llegara, cuán grande o cuán imposible pareciera, mi experiencia ha sido que, pase lo que pase, Dios es capaz.

Hagan de la fe en el Señor la estrategia principal para afrontar cada asunto, y verán esa otra Mano que nadie más puede ver, trabajando juntamente contigo.

También experimenté algunas recompensas muy gratas por el camino.

Una de ellas se produjo cuando dos editores judíos del periódico, un hombre llamado Gelb que más adelante se convertió en el editor jefe, y un genio llamado Rosenthal que llegó a ser el editor ejecutivo al mando de todo el periódico, escribieron juntos un libro donde incluyeron una reseña acerca de mí.

Estas son unas pocas líneas de lo que escribieron, empezando con una declaración acerca del reportero McCandlish Phillips que «vive creyendo en la inmediatez y la claridad de la palabra de Dios».

Escribieron: «Phillips es conocido como escritor, lo cual es bastante raro en el periodismo: un hombre profundamente religioso, un cristiano evangélico fundamentalista, ‘nacido de nuevo’ en la revelación de Jesucristo».

«Mantiene una Biblia en su escritorio y la consulta de vez en cuando durante el día».

«Por fuera del New York Times, la gente pregunta a veces si acaso su profunda inclinación religiosa no ‘interfiere’ con su labor periodística; es decir, si ser religioso lo lleva a distorsionar las historias de alguna manera o lo incapacita para realizar ciertas tareas».

«La única respuesta a eso es que los editores del periódico, aun los no creyentes, no han encontrado evidencia alguna de que leer la Biblia, o aun predicar sobre ella, suponga alguna desventaja particular para un periodista. De hecho, hay editores que creen que si tener una Biblia en el escritorio le ha servido de algo a Phillips, el Times haría bien en formar su propia sociedad de gedeones para que otros periodistas se beneficiaran de ello».

¡Menuda idea! Una Sociedad interna de Gedeones en el New York Times. Fue un verdadero placer leer sus palabras. Significaron un acercamiento importante desde el alto cargo que ocupaban esos hombres hasta el mío y, de hecho, tuve la oportunidad de hablarles sobre la salvación sin forzarlo, una hora y veinte minutos de conversación personal ininterrumpida con el editor Gelb.

Cada día, cuando llegaba al trabajo abría el cajón superior de mi escritorio y sacaba una Biblia encuadernada en cuero. Solo lo hice después de ser totalmente reconocido y de consolidarme como una de las estrellas principales del personal, y fue así por dos razones:

Ya que necesitaba al Señor y confiaba en Él cada día para ese trabajo, no había razón alguna para ocultarlo. Confiar en Él era lo que me había permitido llegar hasta ahí. Además, lo hacía como una clara y abierta declaración de mi fe en la Palabra de Dios.

Ignoro lo que se haya podido decir a mis espaldas, pero nadie me dirigió jamás una sola palabra negativa al respecto. De hecho, un prometedor editor se convirtió al cristianismo como resultado directo del testimonio de esa Biblia visible.

Recuerden estas palabras y repítanlas con frecuencia en el trabajo: «A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús.» La parte que nos corresponde es tener fe en esa verdad.

Recuerden estas palabras y repítanlas con frecuencia en el trabajo: «A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús» (2 Corintios 2:14).

La parte que nos corresponde es tener fe en esa verdad. La respuesta que describe el pasaje es la parte que le corresponde a Dios: La intervención divina es lo que nos hace triunfar.

Dejen que Él se encargue de eso en su trabajo.

Un par de notas breves:

Si se dedican al periodismo de investigación, nunca permitan que sus sospechas se adelanten ni un milímetro a los hechos, a la evidencia sólida y completamente comprobada que verifica de forma concluyente las sospechas que motivaron la investigación.

Los periódicos y los noticieros deben informar, y de hecho informan, sobre las acusaciones que figuras públicas hacen contra otras figuras similares, así como los intercambios contradictorios entre sí. Cuando el propio periódico formula la acusación y presenta sus argumentos, resulta mucho más hiriente para la persona acusada que cuando la hace la otra persona.

Recuerden siempre que, en una acusación pública, el requisito esencial, irreductible y primario es que sea veraz en los hechos.

Si se trata de algo veraz y objetivamente exacto, tienes todo el derecho a publicarlo o difundirlo. De lo contrario, puede que se trate de pura difamación, algo que las Escrituras prohíben expresamente.

A los jóvenes periodistas en formación, de edad universitaria, suele interesarles mucho hablar de ética periodística.

Espero que no se escandalicen si digo que me parece un tema poco interesante, porque el orgullo juvenil suele esconderse tras ese supuesto interés, como si dependiera de nosotros idear un código ético especial, superior y quizás algo complejo que satisfaga nuestras pretensiones, cuando la ética periodística es algo tan básico, simple y evidente que nada más requiere un compromiso serio y muy poca descripción.

Dios nos ha dado el principio ético en las palabras: «No darás falso testimonio».

En el lenguaje periodístico deberán ser lo más precisos, equilibrados, justos y fieles a los hechos como sea posible.

No mentirán. No distorsionarán. No inventarán cosas. No adornarán su historia para causar impresiones. No la contarán de forma sesgada.

Por último:

El autor del libro de Hebreos habló de aquellos «que por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad», que se atrevieron a ser presentadores de noticias en cadenas de televisión, directores editoriales y editores de periódicos (estoy leyendo de la Biblia Amplificada): «Así que corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe».

John McCandlish Phillips, autor de artículos, trabajó en el departamento de noticias de The New York Times desde 1952 hasta 1973, comenzando como repartidor nocturno. Tras su ascenso a reportajes de temas generales en 1955, rápidamente se convirtió en una figura destacada como reportero, redactor de artículos de fondo y escritor de perfiles periodísticos. Su influencia fue tal que, casi un cuarto de siglo después de su salida del periódico, la revista The New Yorker publicó una extensa retrospectiva de su trayectoria periodística, describiendo a Phillips como «el legendario reportero que dejó The New York Times por Dios». Bajo el título «El hombre que desapareció», la revista afirmó: «En su momento, toda una generación de reporteros del Times deseaba escribir como McCandlish Phillips». El artículo lo calificó como «el escritor más talentoso» del periódico y el prometedor «Ted Williams» del equipo de noticias. (La superestrella del béisbol Williams fue el último jugador en las Grandes Ligas en batear por encima de .400 durante una temporada completa).

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