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Todo aguarda a que los hijos de Dios sean bautizados en el Cuerpo de Cristo. Dios te dará un lugar donde serás útil, y en el cual te deleitarás.


Esta es la invitación de Dios para todos los creyentes en Jesús:

 

¡Encuentra tu lugar en el Cuerpo de Cristo!

Hannah Lowe

“No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.

“Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo.

“Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.

“Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo” (1 Corintios 12:1-20).

¡Gracias a Dios por su Palabra en esta mañana! Alabo a Dios por Pablo, quien escribió esta epístola a los corintios, y por tomar su lugar espiritual en el cual Dios podía revelar su voluntad.

No muchos son hallados en el lugar donde Dios puede usarlos. Jonás, por ejemplo, cuando Dios necesitó que fuera y comunicara su advertencia al pueblo de Nínive, huyó. Jonás había recibido mucho entrenamiento y palabra de Dios en su corazón. Él conocía la voluntad del Señor. Era el profeta del Señor, pero cuando Dios necesitó enviarlo a hablar a aquella malvada ciudad de pecado acerca del juicio pronunciado contra sus habitantes, vemos que Jonás zarpó en un barco en la dirección contraria.

Él no salió en la dirección contraria porque desconociera la voz de Dios. La conocía muy bien, y siendo consciente de lo que Dios le pedía hacer, que era advertir a ese pueblo que nunca había tenido la oportunidad de oír, subió a un barco que lo alejara de Nínive.

Alabado sea Dios porque el hombre acerca del cual hablamos en esta mañana estaba en el lugar donde podía recibir la bendición del Señor, y porque tenía la intención de obedecer. Él le dio gracias a Dios por esto, a pesar de que padecía muchas aflicciones, a pesar de que un mensajero de Satanás había sido enviado para afligir su cuerpo, a pesar de que los poderes de las tinieblas vinieron contra él para atormentarlo. Con todo, él estaba en el lugar donde podía comunicar las palabras del Señor. Las tenemos escritas para nuestra exhortación, edificación, consolación, o cualquiera sea nuestra necesidad.

Pablo estaba en el lugar correcto y en el momento correcto, de tal manera que podía recibir la maravillosa revelación del Cuerpo de Cristo. Los antepasados solo pudieron ver que Israel sería bendecido y establecido, que de alguna manera el Señor pondría de nuevo a Israel en el lugar correcto donde Él establecería de nuevo su justicia. Pero gracias a Dios que Pablo pudo estar en el lugar donde fue testigo de cómo Jesús derribó el muro de división entre judíos y gentiles, haciendo posible la paz entre aquellos que nunca hubieran estado dispuestos a tenerla. Antes, los judíos podían mirar a los gentiles y decir “¿qué tienen ustedes de Dios? ¡Nosotros somos el pueblo elegido!” Y los gentiles podían decir “¡ustedes han fracasado en todo!” Pero gracias a Dios por Pablo, que estaba en el lugar preciso para recibir esta maravillosa revelación del Cuerpo de Cristo, y de que dicho Cuerpo incluiría tanto a judíos como a gentiles.
 


Debemos tener un propósito, debemos tener una visión.

Una cosa es correr una carrera, avanzar en algún trayecto, pero otra es saber por qué se corre. Una cosa es correr porque alguien más está corriendo, o porque nos da pena no correr como los demás presentes que actúan, dan, se entregan, y demás. Pero, amigos míos, es una cosa muy diferente saber el propósito por el cual corremos. ¿Por qué estamos corriendo? ¿Cuál es el premio del supremo llamamiento en Cristo Jesús? Hay muchas cosas que Él quiere encomendarnos. Hay muchas cosas que nosotros tenemos que aprender. Debemos tener un propósito, debemos tener una visión. La Palabra de Dios nos dice que donde no hay visión, el pueblo se extravía (Proverbios 29:18, NVI).

Puedes correr sin tener una visión. También puedes incorporarte a tu lugar a veces, pero sin la visión te extraviarás. No sabes para qué corres, tampoco sabes de qué corres. ¡Pero alabado sea Dios por Pablo! ¡Alabado sea Dios por Habacuc! Antes de que Habacuc supiera de qué hablaba Dios, afirmó que debía estar sobre la fortaleza y velar. Y mientras escuchaba ahí la amonestación, oyó lo que Dios quería decir (Habacuc 2:1). No bastaba con que fuera profeta, no bastaba con que fuera llamado por Dios, no bastaba con que tuviera un mensaje para Israel. Él tenía que conocer el mensaje personal y definitivo de Dios para él, porque tenía la responsabilidad de comunicar un mensaje al pueblo y, antes de poder hacerlo, era preciso que supiera cuál era el mensaje. Entonces vino la Palabra del Señor: “Escribe la visión, y declárala en tablas, para que corra el que leyere en ella. Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará” (Habacuc 2:3).

Lo que el Señor dijo parecía una contradicción. Es como si el Señor comunicara un misterio y el pueblo dijera: “Este predicador nos dice que hay una visión, y que es para un tiempo determinado, pero que si tarda debemos esperar porque de seguro vendrá. ¿Y ahora dice que no tardará?”

Estas verdades requieren que seamos iluminados por el Espíritu Santo a fin de que sepamos a dónde estamos corriendo. Entonces sabremos que no corremos en vano, o como dando golpes al aire, o peleando sólo porque alguien nos dijo que lo hiciéramos. Sabremos cuál es la visión, seremos capaces de declararla y de escribirla en tablas de piedra. Mientras esperamos oír lo que el Señor quiere decirnos, permanezcamos sobre la fortaleza y velemos, como hizo Habacuc. Nosotros también podremos escribir el mensaje, y a medida que otros vengan y lo lean, dirán: “Es hora de correr”. No habrá un sonido incierto (1 Corintios 14:8).

Hay un lugar en el Cuerpo de Cristo al que debemos articularnos.

Dios quiere que los hombres y las mujeres que pueden hablar y que tienen un sonido completamente cierto, adviertan a otros acerca de huir del juicio y exhorten a los santos para que encuentren su lugar. Como leo en esta epístola a los Corintios, Pablo dice: “hay un Cuerpo y debemos articularnos en él”.

No basta con que vengamos y nos sentemos en el sitio de siempre, no basta con tener nuestro lugar de costumbre donde podemos ponernos en contacto con Dios. No basta con encontrar un lugar donde damos diezmos y ofrendas, aunque todo eso es necesario, por supuesto. Sin embargo, hay un lugar en el Cuerpo de Cristo al que debemos articularnos. Si no lo hacemos, seremos inadaptados.

No basta con estar en la familia de Dios, tenemos que estar en ese Cuerpo.

El enemigo odia al Cuerpo de Cristo. Hemos estudiado cómo, desde el principio mismo, el enemigo se ha opuesto a la creación de Dios. Después que Dios creó la tierra, el enemigo la pervirtió. Pero alabado sea Dios que el Espíritu de Dios no la dejó así. Él descendió y la enderezó. Puso el agua en su sitio, la tierra seca en su sitio, y así con todo lo demás. Luego observamos cuán enojado estaba el diablo al ver que no podía competir con Dios ni estar a su altura. Vino y atacó la creación de Dios, y los incitó a pecar para poder echarle en cara a Dios: “Ahí está tu creación, mira qué desastre es”. Alabado sea Dios que pudo arreglarla de alguna manera. Desde el principio ha estado ocupado en la tarea de arreglarla.

Si tu vida está destrozada hoy, Dios puede decir: “Eso es tinieblas, esto es luz. Que la tierra seca quede aquí, que las tinieblas ocupen el lugar que les corresponde”. Dios tiene poder para salvar y sanar, sea cual sea la necesidad. El enemigo de nuestras almas nos dejará ahí, pero siempre se opondrá a nuestro próximo paso. Él se opondrá a que nazcamos como miembros de la familia de Dios. Así lo ha hecho en cada vida. Puedes decir: “Sí, estuve en una lucha antes de nacer en la familia de Dios”. Pero después de eso, es preciso hacer algo más.

Sin el Espíritu Santo nunca te ubicarás en el Cuerpo de Cristo.

No basta con estar en la familia de Dios, tenemos que estar en ese Cuerpo. ¿Estás en la familia de Dios? Tal vez digas “sí, lo estoy”. Sin embargo, es otro asunto estar en el Cuerpo de Cristo. Tú puedes estar en la familia de Dios sin estar en el Cuerpo. El Espíritu del Señor no estará contento hasta que integremos el Cuerpo de Cristo.

¿Cómo encontramos nuestro lugar en ese Cuerpo? La forma de solucionar este problema es volvernos a la Palabra de Dios. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:13). La única forma como podemos entrar en el Cuerpo de Cristo es siendo bautizados en él por el Espíritu Santo.

La única forma como podemos entrar en el Cuerpo de Cristo es siendo bautizados en él por el Espíritu Santo.

Quizá digas: “Yo siento que encajo aquí o allá”. Eso está muy bien hasta cierto punto, pero no hay otra manera de hacer parte del Cuerpo de Cristo aparte de la obra poderosa y sobrenatural de Dios. Nada más puede lograrlo. Tú puedes arreglártelas muy bien, pero dejas por fuera lo sobrenatural. Cuando eres levantado por el Espíritu, hay algo sobrenatural de Dios que sólo Él puede darte. Tú puedes encontrar el lugar en el que encajas en el plano natural, pero falta el ingrediente sobrenatural de Dios, esa articulación que sólo el Espíritu puede darte.

La verdad es que esto es lo único que nos hará libres. Si no has sido bautizado en el Cuerpo por el Espíritu Santo, no has empezado a formar parte del Cuerpo de Cristo. ¿Dónde vemos el cuerpo bien articulado? El enemigo lo odia. Él odia al Cuerpo de Cristo. Más que todas las cosas, odia verlo articulado y funcionando en orden, porque la creación entera anhela ardientemente y aguarda la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19).
 


Todo aguarda a que los hijos de Dios sean bautizados en el Cuerpo.

Todo aguarda a que los hijos de Dios sean bautizados en el Cuerpo. No se trata solamente de vivir una experiencia, o de decir “he sido salvo, santificado, y bautizado con el Espíritu Santo”. No. Eso es sólo el comienzo. Hablo de lo único que nos ubicará en el lugar en el cual esperamos la diversidad de dones, es decir, las lenguas, la palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento, o lo que el Espíritu da a cada uno para la edificación de toda la congregación. Sin esto nunca te integrarás al Cuerpo de Cristo.

Si aún no has sido bautizado con el Espíritu Santo, oro a Dios para que veas la necesidad de serlo. Si de veras quieres estar en el Cuerpo del Señor Jesús, tendrás que ser bautizado con el Espíritu Santo. Sin importar lo que puedas pensar o cómo tuerzas la Palabra de Dios según tu deseo, la Palabra dice: “Porque por UN solo Espíritu fuimos TODOS bautizados en UN cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a TODOS se nos dio a beber de UN mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13).

Esa es la necesidad, y es a lo que el enemigo se opone. Decimos que no vemos a muchos que llegan a experimentarlo, y es cierto. Supimos de un hombre que tras asistir a un campamento este verano, informó que habían ocurrido allí tantos bautismos en el Espíritu Santo que dejaron de contarlos. Después habló acerca de una joven que había recibido el bautismo, y que al cabo de un tiempo se entretenía con frivolidades y desperdiciaba su tiempo. Y a esto lo llamó un “bautismo superficial”.

Amigos míos, él puede llamarlo como quiera, pero yo lo llamaría “NADA”. Decir que las personas reciben bautismos superficiales es una ofensa contra Dios. Yo diría más bien que estas personas no recibieron nada, en vez de afirmar que Dios hace una obra superficial.

Esto es lo que ocurre en la mayoría de los casos. Se conforman con llevar a la gente al altar y arrastrarla a tener una experiencia, para luego dejarlos ir y decir que es una obra acabada. En otra reunión de campamento, forzaron a las personas hasta cierto punto diciendo “TIENEN que recibir algo… algo tiene que romperse”.
 


Debe haber en nuestro corazón un deseo por el bautismo, porque Dios sigue derramándolo.

Por un lado, cualquier cosa se hace pasar por obra de Dios, y por el otro extremo, se fuerza a la gente hasta el quebrantamiento. Todo eso es vano. Debe haber en nuestro corazón un deseo por el bautismo, porque Dios sigue derramándolo. Esta mañana durante el desayuno, si tu hijo te pidió pan, tú no le darías una piedra. Si te pide un huevo, tú no le darías un escorpión, o si te pide pescado no le darías una serpiente. Dios tampoco da cosas equivocadas a sus hijos (Lucas 11:11-13). Él hace esta comparación para mostrarnos que no debemos temer. ¡Es maravillosa la manera como Él obra! Si nosotros, que somos terrenales, damos buenas dádivas a nuestros hijos, ¿cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? El Espíritu Santo descenderá siempre sobre los corazones que lo quieren. No es que Dios no lo dé, o que Él haga una obra superflua. Él dará el verdadero bautismo del Espíritu Santo, y nosotros podremos beber de la misma fuente espiritual. Si permitimos a Dios hacer su obra, todos seremos uno.

Hay un solo camino a la familia de Dios, y es por medio de la sangre de Jesucristo.

Hay un solo camino al Cuerpo de Cristo, y es por medio del bautismo del Espíritu Santo, quien luego te bautiza en el Cuerpo de Cristo.

No hay otra manera de hacerlo. Sólo hay un camino a la familia de Dios, y es por medio de la sangre de Jesucristo. Quizás se eluda el tema, pero debe ser la sangre de Jesucristo. Y cuando caminamos y avanzamos hacia el bautismo en el Espíritu Santo, tal vez digas: “Estoy haciendo todo lo posible”. Eso es bueno hasta cierto punto, pero sólo hay un camino al Cuerpo de Cristo, y es ser bautizado en él por el Espíritu Santo. Como dice la Palabra de Dios: “un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5).

Hay un solo camino, como hay un solo Jesús, y una sangre preciosa que se aplica a nuestro corazón. Hay un solo camino al Cuerpo de Cristo, y es por medio del bautismo del Espíritu Santo, con la evidencia inicial de hablar en lenguas. Por supuesto que hay falsificaciones. Tal vez digas que podrías confundirte. Pero no te confundiste cuando alguien te habló acerca de la sangre. Hoy día muchos tratarán de cuestionarte sobre tu salvación, pero sin importar lo que digan no serás conmovido, porque sabes bien qué te salvó. Sabes lo que la sangre ha hecho por ti.

No permitas que el enemigo te diga que hay otro camino por medio del cual puedes funcionar en el Cuerpo. El cuerpo de Jesús fue quebrantado, azotado, molido, casi despedazado. Y gracias a Dios que fue así, porque logró adquirir una posesión comprada con precio. Él hizo una obra completa. Él no fue débil, soportándolo a duras penas.

Debemos funcionar de manera articulada en el Cuerpo de Cristo, y el diablo hace todo lo posible para impedir que esto suceda.

No estamos en ese camino por emociones. Espero que estemos en él por todo lo que Dios tiene para nosotros. Espero que el amor de Dios nos constriña para andar con Él hasta el final. Espero que no nos permita conformarnos con una vida superficial, indiferente, que se estanca. Espero que nos constriña para acercarnos al Señor de tal manera que seamos incapaces de decir “no necesito del ojo” o “no necesito del pie”. Necesitamos los unos de los otros. Nos necesitamos los unos a los otros en el Cuerpo. El pie necesita al ojo para ver por dónde va, y el ojo necesita al pie para llegar a donde quiere. Yo necesito cada parte de mi cuerpo natural. Necesito mis oídos para escuchar los peligros que podría tener por delante. Necesitamos oídos en el Cuerpo de Cristo. Debemos funcionar de manera articulada en el Cuerpo de Cristo, y el diablo hace todo lo posible para impedir que esto suceda. Cuando esto se logra, él sabe que alguna obra de Dios se llevará a cabo. Cuando levantamos nuestras voces, sabemos hacia dónde vamos, sabemos que podemos encajar, no sólo a nivel natural sino espiritual.

¡Gracias a Dios por esto! A nuestro alrededor la gente dice: “¿Por qué son tan pocos? ¿Por qué no tienen grandes multitudes, como otros?” Y comentarios similares. Amigos míos, no se trata de multitudes. Eso lo hemos aprendido. No se trata de lo que tenemos, o de lo que no tenemos. Se trata de integrarnos al Cuerpo y de tener lo que corresponde. Aunque sólo dos o cuatro encuentren su lugar, habrá valido la pena. Pero si sonreímos y decimos que somos pocos a pesar del hecho de que no nos articulamos en el Cuerpo o andamos en más luz, tampoco hay mérito alguno. Si sabemos esto y no lo ponemos en práctica, recibiremos muchos azotes (Lucas 12:47).

Que Dios nos ayude a encontrar nuestro lugar en Él. El diablo se opone. ¿Por qué? Porque hay un plan de Dios que se lleva a cabo.

¡Que Dios nos ayude a encontrar nuestro lugar en Él! El diablo se opone. Siempre lo ha hecho. Vemos a Moisés, un pequeño bebé a merced de cualquiera, ¡y aún así el diablo se opuso! El diablo envió una maldición para que todos los niños fueran asesinados. Su objetivo era matar a este bebé. ¿Por qué? Porque el plan de Dios iba a llevarse a cabo por medio de ese bebé. ¿Por qué el enemigo se ensañó contra un niñito? Porque Dios iba a hacer su obra a través de él, para sacar a los hijos de Israel de la esclavitud. Dios iba a usar a ese bebé que se levantaría delante de faraón para decirle “deja ir a mi pueblo, ha dicho el Señor”. Alabado sea Dios porque pudo hacerlo. El infierno se le opuso, pero él pudo cumplir el propósito de Dios. Se levantó ante el faraón y pudo hacer señales y prodigios, y los israelitas fueron liberados del yugo egipcio.

Vemos a Jesucristo cuando era apenas un niñito. La misma maldición se levantó. Herodes ordenó matar a todos los bebés. Las aldeas por doquier lloraron e hicieron lamentación porque los niños fueron asesinados con el objetivo de acabar con aquel niño, el Señor Jesucristo. ¿Por qué estaba ensañado el enemigo contra este niño? Porque el plan de Dios se llevaría a cabo mediante esa vida. Él crecería, moriría y salvaría al pueblo de sus pecados.

¿Por qué pelea el enemigo contra nosotros? ¿Por qué se opone a esta obra? Porque hay un plan de Dios que se lleva a cabo a través de ella. Si hacemos lo que Dios nos ha encomendado nos articularemos en el Cuerpo de Cristo. Seremos capaces de lograr algo. Podremos decir a los prisioneros “¡sean libres!” no sólo en la realidad natural sino en la espiritual. Por eso el enemigo lo odia. Por eso nos resiste y pelea contra nosotros. Él sabe que hay algo en esto que vale la pena. Hasta al más pequeño de los niños se opone. ¿Por qué? Porque tenemos un plan de Dios, y no es un disparate ni una teoría. Nuestro objetivo es incorporarnos al Cuerpo. Si no logramos hacerlo, alguien más lo hará. Nuestro tiempo habrá pasado.
 


Podemos integrarnos a ese Cuerpo cuando somos bautizados por el mismo Espíritu que nos conduce a hacer lo mismo.

Hay un solo Cuerpo. Puede haber cientos de iglesias, pero gracias a Dios hay un solo Cuerpo, y podemos articularnos en ese Cuerpo cuando somos bautizados por ese mismo Espíritu que nos conduce a hacer lo mismo. El mismo Espíritu no nos conduce a muchas cosas diferentes, pero sí a lo que es provechoso para todo el Cuerpo. Y llevará a cabo su propósito: que Jesucristo sea glorificado, que las almas se salven, que los impíos oigan el mensaje del evangelio, y que podamos ubicarnos como nos corresponde.

Nuestro mayor anhelo debería ser encontrar nuestro lugar. No desearemos estar donde no deberíamos estar. No tenemos que afanarnos si estamos bautizados por un Espíritu, y si estamos dispuestos a permitirle a Dios que nos ubique en el lugar que nos corresponde. No estorbaremos su obra, sino que, unidos en Él, trabajaremos con y por Él. ¡Nos deleitaremos en ello!

En Apocalipsis (capítulo 12) encontramos una escena futura. No conozco toda la doctrina al respecto, pero sé que la mujer de la que habla aquí es victoriosa. Ella se esfuerza por dar a luz un hijo, pero el diablo está ahí; con cada gemido y dolor, el gran dragón rojo se enoja tanto que da coletazos y arroja la tercera parte de las estrellas. Él aborrece cada gemido que apresura la llegada del niño a la tierra. Él odia todo esto, y está ahí, listo a devorar al niño tan pronto nazca, porque de alguna manera está en el plan de Dios. El plan de Dios es tocar la tierra.

Dios está obrando, la tierra está gimiendo, y todo se mueve para que se dé a luz ese plan. El infierno da coletazos, y está listo para arrebatar y devorar todo lo que pueda. Pero gracias a Dios que el niño hombre llegó, que la mujer fue librada, y el niño rescatado por Dios. ¿No sucedió lo mismo con Moisés? Aunque fue rescatado en los brazos de una princesa, fue guardado por Dios y protegido. Gracias a Dios que Jesús fue guardado y protegido por medio de un sueño que tuvo José. Nosotros podemos ser guardados en estos tiempos. Podemos ver cuán tremenda es la oposición del enemigo. Pero gracias a Dios que podemos alzar los ojos y ser guardados y protegidos por Dios.

Que no sea sólo teoría, sino que puedas decir: “He hallado mi lugar”.

Aunque el diablo arrojó inundaciones contra la mujer, Dios le dio alas. Dios quiere que encontremos nuestro lugar en el Cuerpo. Que no sea sólo teoría, ni el afán de contar cuántos pasos has avanzado. ¿Estás gimiendo, esforzándote, moviéndote y pidiendo que Dios haga todo para que puedas ser bautizado en ese Cuerpo? Y que no sean solo emociones o éxtasis, sino que puedas decir: “He hallado mi lugar. Me deleito en él, lo valoro, me aferro a él, y no permitiré que nadie me lo quite”. Entonces permanecerás allí firme, porque has sido bautizado en el Cuerpo, y el Señor te ha ubicado en él.

“A fin de perfeccionar a los santos…”

En Efesios leemos: “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:12-14).

Por eso el Señor Jesús nos ha dado evangelistas, pastores, y demás. Ese es el propósito de Dios. Eso es lo que Jesús pide. Eso es lo que la tierra aguarda. ¿Qué entonces? ¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos cruzados de manos y pies sin hacer nada? ¿Nos hemos dado por vencidos y hemos desechado todo esto? Pero no siempre será así. Jesús va a presentar su Cuerpo, su Iglesia por la que ha derramado su sangre, al Padre. Tendrá algo digno qué presentar al Padre. ¿Estamos satisfechos con que nuestros pecados hayan sido limpiados? Que el Señor nos ayude, que podamos ver que existe la necesidad. Los impíos mueren, y el plan divino debe seguir adelante. Que podamos comprender que, bautizados por el Espíritu Santo en un Cuerpo, estaremos en el lugar donde encajamos. Ocuparemos el lugar donde el dedo no puede moverse sin la mano y sin el brazo, y el brazo estará ligado al codo, y así con todas las partes.

Dirás: “He hallado mi lugar. Me deleito en él, lo valoro, me aferro a él, y no permitiré que nadie me lo quite”.

La Palabra de Dios nos dice claramente lo que debemos hacer. Jesús es la cabeza, y Él quiere un cuerpo para su cabeza. Nunca olvidemos que Él es la cabeza y nosotros el Cuerpo. El hacha no puede partir leña, a menos que haya alguien que la maneje y la use. Así funcionan los asuntos divinos. Hay un trabajo por hacerse. Hay cosas que deben hacerse. Tal vez digas: “Haré todo lo que esté a mi alcance, pero nada más. No hay un lugar donde puedo encajar”. Dios quiere que ocupemos nuestro lugar.

¿Estamos peleando, lamentando nuestra condición? Hay una experiencia en Dios que es más que una simple experiencia. Es algo que nos introduce a ese lugar sobrenatural donde nadie aparte de Dios puede llevarnos. Yo podría intentar explicarte algo acerca del mover de Dios, pero si no estás en el Cuerpo de Cristo no vas a entender. Es lo mismo que sucede con el pecador que pregunta: “¿Cómo te limpia la sangre de Jesús?” Y tú respondes: “Cuando seas salvo lo entenderás”. Hasta ahí puedes llegar, pero necesitas que el Espíritu de Dios te lo revele. Quizá digas: “Haré algo”. Está bien, pero de todos modos no es articularse en el Cuerpo. Se requiere un mover sobrenatural del Espíritu de Dios, y es por medio del Espíritu Santo que somos bautizados en un Cuerpo. Mi oración es que comprendamos que Dios quiere que nos incorporemos. Él quiere manos, pies, y cada una de las partes, para que trabajen en armonía, pero sólo se logrará si se hace a su manera. Cuando lo hacemos a su manera, podremos lograr los resultados de lo que Él quiere darnos. Él te dará un lugar donde serás útil, y en el cual te deleitarás.

Él te dará un lugar donde serás útil, y en el cual te deleitarás.

El mensaje de hoy sigue, y debemos buscar al Señor a fin de ser iluminados para encontrar nuestro lugar, y trabajar en él. Si te preocupa hacer algo para que la causa avance, para que las almas se salven, encuentra tu lugar. ¿Cómo? Siendo bautizado en un solo Cuerpo. Él te dará un don que se necesita, Él te dará un lugar donde serás útil, y en el cual te deleitarás. No querrás ningún otro.

Si tu corazón está hambriento, permítele a Dios hacer su obra. Entonces Él te llenará de su Espíritu Santo, quien te bautizará en el Cuerpo de Cristo. Si los padres terrenales saben dar buenos regalos a sus hijos, el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan. Él no te dará algo que no vale. Si tu corazón es sincero, Él no te dará algo falso. Él no enviará demonio si tu corazón es sincero y está dispuesto delante de Él. Él dará sus dones a aquellos que son puros y verdaderos. ¡Amén!
 


Hannah Lowe comunicó este mensaje a una congregación en Maryland el 13 de septiembre de 1936. La señora Lowe y su esposo sirvieron incansablemente en Colombia, Suramérica, hasta que el señor Lowe, aún joven y vigoroso, falleció en la ciudad capital de Bogotá en 1941. La señora Lowe, entusiasta en el servicio a su Señor hasta sus últimos días, falleció en Jerusalén en junio de 1983, después de pasar un año en la amada ciudad.

Corporación Monte Sión, A. A. 7278, Bogotá, Colombia
Edición en inglés: © 2010 The New Testament Missionary Fellowship
Publicado por Thomas E. Lowe, Ltd., New York
Versión castellana: Corporación Monte Sión, Bogotá.
Reservados todos los derechos.

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